México en flores: cuatro flores muy nuestras

México en flores: cuatro flores muy nuestras

México también tiene una forma de contarse a través de sus flores.

Algunas nacieron aquí y han acompañado nuestra historia desde tiempos prehispánicos. Otras llegaron de lejos, pero encontraron en México un nuevo paisaje, nuevas tradiciones y, con el tiempo, un lugar propio dentro de nuestra cultura.

En esta pequeña selección reunimos cuatro flores que, por distintas razones, hoy forman parte de la manera en que imaginamos México.

LA DALIA.

La flor nacional.

Originaria de México, la dalia crece de manera silvestre en distintas regiones del país y tiene una historia que se remonta a la época prehispánica. Los antiguos pueblos mexicanos la conocían, entre otros nombres, como acocoxóchitl, que puede traducirse como “flor de tallos huecos con agua”.

Además de utilizarse como ornamento, sus pétalos y tubérculos tuvieron usos alimenticios y medicinales. La dalia incluso formó parte de jardines y rituales antes de llegar a Europa.

En 1963 fue declarada oficialmente Flor Nacional de México, convirtiéndose en uno de los símbolos botánicos más reconocibles del país.

Quizá por eso la dalia se siente tan nuestra: no solo crece en México, también lleva siglos formando parte de él.


EL ALCATRAZ.

Una flor que México hizo suya.

Aquí hay una historia inesperada: el alcatraz que hoy asociamos con México no es originario de nuestro país. Zantedeschia aethiopica proviene del sur de África y llegó posteriormente a México, donde encontró las condiciones ideales para cultivarse y terminó incorporándose profundamente al paisaje y a la cultura popular.

Pero hay una razón por la que resulta imposible pensar en el alcatraz sin pensar también en el arte mexicano.

Diego Rivera convirtió esta flor en uno de sus motivos más reconocibles. La pintó por primera vez en Festival de las flores, en 1925, y volvió a ella durante décadas: en vendedores de flores, retratos y obras como Desnudo con alcatraces.

Para los años cincuenta, los llamados “alcatraces de Rivera” ya formaban parte de la iconografía mexicana.

Una flor extranjera que terminó encontrando una identidad profundamente mexicana.

EL CEMPASÚCHIL.

El color de una tradición.

Originario de México, el cempasúchil ha acompañado las celebraciones dedicadas a los muertos desde hace generaciones. Su nombre proviene del náhuatl cempohualxochitl, relacionado con la idea de “veinte flores” o “varias flores”.

Su intenso tono amarillo y naranja tiene un lugar especial en el imaginario del Día de Muertos. De acuerdo con la tradición, su color y aroma ayudan a guiar a los difuntos hacia las ofrendas.

Durante el otoño, sus campos transforman distintas regiones de México en extensiones de naranja y amarillo. Pero su presencia va mucho más allá del paisaje: está en los altares, en las calles, en los mercados y en una de las celebraciones más reconocibles de nuestra cultura.

El cempasúchil no solo anuncia una temporada. Anuncia una tradición

EL NARDO.

El perfume de México.

El nardo, conocido científicamente como Polianthes tuberosa, es originario de México. Su distribución nativa está documentada en numerosas regiones del país, desde Jalisco y Michoacán hasta Oaxaca, Puebla, Veracruz y la península de Yucatán.

Sus pequeñas flores blancas esconden uno de sus rasgos más memorables: un perfume intenso, dulce y envolvente.

Durante generaciones ha sido una flor muy presente en los mercados mexicanos y en las celebraciones. Su cultivo se extendió después a otras partes del mundo, pero México permanece como su lugar de origen.

Una flor blanca, aparentemente sencilla, que deja algo más que una imagen: un aroma que también forma parte de nuestra memoria.

Una casa de flores nace también de las flores que la rodean.

De las que crecen aquí.
De las que llegaron de lejos y encontraron un nuevo hogar.
De las que aprendimos a reconocer en mercados, jardines y celebraciones.

Esta es nuestra pequeña selección.

México en flores.

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Colección de diseños con rosas.